Pilar López Bernués

Pilar López Bernués

Escritora de novelas de intriga, aventura y misterio.

Sobre mí

Sobre mí

Nací en Barcelona en 1957 (concretamente un 6 de agosto y en plena Dictadura, para más señas.

Mis recuerdos infantiles son felices, a pesar de los pesares. Tuve unos padres maravillosos que construyeron un auténtico hogar para mi hermano Javier (tres años menor) y yo.

Durante esa época nuestras vacaciones las pasábamos en el pueblo de mi padre, una diminuta aldea de la provincia de Huesca. Allí no había tiendas, ni coches y, por no haber, tampoco hubo agua corriente y luz eléctrica hasta hace poco, ni siquiera una carretera asfaltada… Pero ese lugar era para nosotros sinónimo de LIBERTAD.

Salíamos de casa en cuanto nos despertábamos y ya no volvían a vernos hasta que el estómago reclamaba «combustible». Solíamos coincidir con otros primos (de Madrid, Zaragoza y Barcelona) y teníamos como amigos a una niña del pueblo, Nieves, (de mi misma edad) y a su hermano José Ignacio, solo un año y medio menor que ella. Otros dos chicos (los hijos de la maestra) eran bastante bárbaros y las riñas terminaban ¡a pedradas u ortiga en mano! Bueno, el hermano de Nieves en ocasiones se juntaba con los feroces y las piedras y las ortigas también iban contra él.

En una ocasión se cayó dentro de una “charguera” (en lenguaje coloquial) repleta de moras y tuvimos que rescatarlo, con más agujeros de los que se podían contar y llorando…



Allí, en el pueblo, subíamos a caballo (mejor dicho: en mulo o en macho), íbamos pastores, comíamos manzanas cogidas del árbol y gusanadas (pero enseguida dominamos la técnica de no tragarnos al inquilino). También nos pegábamos atracones de almendrucos (almendras verdes), moras y una variedad de ciruela que allí denominaban «cascabillos». Los cascabillos los teníamos prohibidos porque solían producir diarreas descomunales, pero… ¡nos los zampábamos igualmente! ¡Qué delicioso sabor tienen las cosas prohibidas!



Vimos trillar en las eras, segar y hasta disfrutábamos revolcándonos sobre el trigo en el granero; estaba muy fresco y, con el calor del verano, resultaba muy agradable darse «un chapuzón» sobre el grano.



Excursiones a las viñas, las huertas y zambullidas en un barranco (repleto de culebras) eran otras actividades cotidianas…, como lo eran excursiones de todo tipo o escaramuzas «alpinísticas» (mi amiga Nieves y yo, en un momento dado, le pedimos al cura la soga del campanario de la Iglesia para ir a “escalar”, él nos la dio pero los hombres de la aldea nos la quitaron… ¿Solución?: ¡subir sin cuerda!).

También hicimos alguna que otra excursión hasta una aldea en la que solo vivía un matrimonio que perdió a su único hijo siendo muy pequeño, y estaban apartados de la civilización. Era un lugar al que únicamente se podía acceder andando, ya sin habitantes a excepción de esa pareja. De ahí recuerdo (en mi primera visita con ocho o nueve años) que en el campanario derruido de la iglesia nos topamos en la parte baja y más oscura con un ataúd, que nos impresionó (yo no me lo quité de la cabeza en días).

Estaba ahí, tradicionalmente, por si algún labrador moría en el campo o algún aldeano lo hacía repentinamente. Circulaba la historia de que, en los buenos tiempos de ese pueblo, cuando tenía más habitantes, un «mozo» solía meterse dentro del ataúd para probar si cabía…


A los catorce años conocí a Carlos, el que iba a ser mi marido. Pero en aquella época mi gran pasión era el alpinismo y él, a pesar de ser un deportista nato, que practicaba varios deportes y al que también le gustaba la montaña, no entendía que yo quisiera escalar y hacer un cursillo de escalada. Para hacerlo, no obstante, debía tener 18 años o un consentimiento familiar…

Mientras aguardaba tener esa edad, Carlos y dos compañeros más aparte de mí, pasamos algunos domingos subiendo piedras o bajando a pozos en los que hacer “espele”, es decir: espeleología. Pero carecíamos de material adecuado. Recuerdo una de esas salidas a la zona de Begues en la que bajamos a un pozo, sin embargo la cuerda que teníamos era del grosor de una soga de cáñamo pero fabricado con algodón y se deshacía. Yo logré subir apoyándome en estribos y con los compañeros tirando de mí porque la cuerda y nada eran lo mismo.

A los dieciocho, por fin, me apunté al Centre Excursionista de Catalunya. Carlos también lo hizo y nos inscribimos en un cursillo de escalada. Pero…
En los años setenta aquel era un deporte de alto riesgo.

No existían los equipamientos actuales, había aún muchos itinerarios inexplorados y hasta montañas inexpugnables. Zonas abiertas y equipadas eran las mínimas y, por supuesto, ni el material ni los recursos eran los que conocemos ahora.

Pasada la primera clase teórica y tras las prácticas en el macizo de Montserrat tomé la decisión más difícil de mi vida: Renunciar a ser alpinista.

El hecho de que mi novio, a pesar se de ser un deportista nato, no sintiera lo mismo que yo en la cuestión de la escalada me hizo reconsiderar que, de pasarle algo, no me lo podría perdonar jamás porque él, simplemente, iba a la montaña por mí. Por otra parte, mis padres sé que sufrían cuando nos íbamos algún que otro domingo con esos dos compañeros de “la cuerda de algodón”.

En aquellos momentos de mi vida yo era una persona altruista, sensible y muy preocupada por los demás, dispuesta a atesorar valores. Si lo que me atrajo del alpinismo fue esa fraternidad que existía, esa lucha por perseguir un sueño, el hecho de que en la mayoría de cordadas los colegas se hacen amigos porque ante dificultades se necesitan y, por tanto, deben apoyarse hasta el punto de que en las montañas se daban (y se dan) incontestables muestras de humanidad… (El agua compartida tiene “otro sabor”, como lo tiene arropar o arroparse junto a un compañero de cordada cuando las condiciones son nefastas).

Si yo creía en esos principios, si pensaba que ser alpinista me convertiría en una persona mejor y más humana, ¿cómo iba a permitir que mi familia pasara un pequeño infierno cuando yo me fuera a escalar o que mi novio pudiera sufrir un accidente al que, sin duda, lo llevaría yo?

Renuncié a lo que más amaba, a lo que quería ser… Y esa fue la decisión más difícil de lo que llevo de vida, especialmente porque nadie entendió que sacrificaba mis sueños para que los míos no sufrieran. Me aferré a Julio Verne cuando dijo que él, que no pudo viajar a los Mares del Sur, como deseaba su espíritu aventurero, optó por escribir para “vivir con la imaginación”. Y eso hice yo.

Escribía desde los nueve años, de modo que tras idear historias que eran un “mal calco” de las de Verne, por supuesto, empecé a crear mi primera novela “Destino misterioso”. La inicié a los catorce años y no la terminé hasta los veinte. Primero escribiendo a mano y luego con una máquina de escribir, pero siempre junto a unos personajes propios y viviendo con la imaginación.

Mira mis libros publicados.

Mas no tuve el apoyo de mi entorno. Y sé que mis padres tenían razón “La cultura no da para vivir, has de buscarte un empleo y nosotros no tenemos “padrinos” que te permitan publicar”. Pero aquellas palabras me llevaron a sentir pánico en el momento de buscar editorial. Y ese pánico todavía hoy no lo he superado.

Estudié bachiller en la rama de Ciencias y COU. Mi deseo era hacer Químicas pero no llegué a matricularme; en primer lugar porque trabajaba y estudiaba, y en segundo término porque durante todo el bachillerato tuvimos un profe de Física y Química que se pasaba el día haciéndonos test de personalidad y enseñándonos a formular de memoria… ¡Las fórmulas sí las aprendí! Pero al terminar COU, en un Centro distinto, comprendí que mis conocimientos de Química eran nulos.

Para «rematar» pillé la difícil época de los últimos años de Franco y las clases eran hervideros políticos en los que se hablaba mucho, se hacían huelgas, se corría delante de «los grises» y se estudiaba poco.

Carlos y yo nos casamos a los 22 años y tuvimos a nuestro hijo (Sergi) a los 27. Vivimos en Barcelona hasta enero de 1998. En esa fecha, mi marido, nuestro hijo y yo nos trasladamos a una vivienda unifamiliar ubicada en una urbanización cercana al pueblo de Cervelló, una población próxima a BCN pero montañosa y rodeada de bosque. El contacto con la Naturaleza es, para mí, muy importante. Levantar la vista y poder contemplar un cielo repleto de estrellas, mirar por la ventana y divisar pinos, hacerme amiga de tórtolas, gatos y bichos varios y surtidos me llena y me permite reencontrarme con mi «yo» más auténtico.

Y como no podía ser de otro modo: Al poco de mudarnos, dos gatos-bebé se instalaron casi en nuestra casa… Pertenecían a unos vecinos, pero como ellos sólo estaban en la vivienda los fines de semana, se pasaban por la nuestra con entera libertad y yo les ponía comida. Eran hermanos (chico y chica) y muy, muy cariñosos. Los llamamos Zipi y Zape, y Zape (la gatita) me ofreció un regalo un día de Navidad mientras esperaba a la familia… El suyo fue el primer obsequio de Papá Noel: ¡Me trajo un ratón! Aquello era un regalo, por supuesto. 

Al cambiar de domicilio lo hicimos con los únicos «bichos» que teníamos en esos momentos (dos tortugas de agua (Killer y Sharab) que ganaron mucho con ese cambio y hasta crecieron un montón; pasaron de vivir en un recipiente a hacerlo en un estanque que pusimos en el patio trasero) Maica y Menhira, dos gatas, compartieron con nosotros unos años en Barcelona, pero ya habían muerto en esos momentos.

Ya estoy jubilada, pero no dejo de escribir. Para mí escribir es meterme dentro de las historias, “charlar” con los personajes, vivir realidades distintas y ser feliz.
Y ahora que mi hijo y su pareja viven conmigo, por el momento, me siento feliz. Eso sí, nunca dejaré de escribir porque, como dijo mi admirado Julio Verne: Escribiendo se puede vivir con la imaginación.

Pero bueno, en mi vida no todo son animales de cuatro patas… Aunque se nota que me gustan ¿verdad? Lo cierto es que todos los que he tenido me han enriquecido y con ellos he aprendido el valor de la amistad y del amor auténtico y desinteresado. De los que he mencionado solo queda el gato Aneto, que es un «Cielo». Pero de todos los ausentes me queda el recuerdo del tiempo compartido e infinitas bellezas. Si un animal nos ama, lo hará siempre, seamos buenos o malos. ¿Podemos decir lo mismo de las personas?

¡Ah! pero no voy a olvidarme de la gatita Voodoo, que es de la pareja de mi hijo y que está con nosotros porque el refugio en el que estaba cerró y si no la rescatábamos podía acabar muerta.

——————————

He trabajado desde los dieciséis años hasta junio de 2007, cuando la empresa en la que estaba montó un ERE y nos dejó a todos en la calle.

Mis trabajos han sido: Ayudante de laboratorio en la Facultad de Medicina (coincidió con la ejecución (asesinato) de Puig Antich); funcionaria contratada en Tráfico (me tocó vivir la muerte de Franco allí, y el tema… ¡daría para una novela! (Los chicos debían ir con corbatas negras y las mujeres lloriqueando). Luego fui administrativa en un concesionario de coches (robaban descaradamente a los clientes y pretendían que lo hiciera yo, hasta que me planté; al negarme a cobrar algo que era injusto e ilegal me cambiaron de sitio, dejé la gestoría para ir al Dto. de contabilidad).

Después fui a parar como administrativa en una empresa inicialmente familiar, pasando durante los 25 años que duró el trabajo por todos los departamentos. Allí destaqué como programadora de informática durante diez años. Me dedicaba a crear programas a medida, luego informaticé las delegaciones y migré aplicaciones a varios S. O. (todo en solitario y con libros en inglés, idioma que conocía poco, pero que conseguí entender leyendo entre líneas… ¡Tenerse que espabilar ayuda, no lo dudo!)



Ahora estoy ya jubilada tras un paro (ERE) que me dejó en la calle con cuarenta y nueve años (a cierta edad, parece que las personas no tengamos necesidades y el mercado laboral no nos tiene en cuenta). Por suerte para mí, la Editorial Bruño me envió por España para dar forums sobre mis libros, durante dos-tres meses anuales; eso y los derechos de autor constituían mis ingresos hasta que el SEPE, pese a presentar cada año las declaraciones de renta, y dar ellos su aprobación, me dejaron sin esos 426€ que cobraba y me reclamaron 26.000€. Pero ¿quién en su sano juicio cree en la justicia española?

Me trataron como a una delincuente. Como si dar charlas forum me obligara a prescindir de esos miserables 426€ de ayuda.

Sin embargo, esa experiencia de ir a coles y dar charlas, que comenzó en 2009, me ha reportado infinitas gratificaciones a nivel personal. Me encanta charlar con los lectores, «meterme» con ellos, ponerme a su altura, dialogar y ayudarles a través de mi experiencia para que no se rindan nunca y crean en si mismos. Me parece que ya somos (ellos y yo) un poco más ecologistas, más respetuosos con el planeta, los animales y, por supuesto, con las personas; cosa que día a día parece más difícil en una sociedad aborregada.

Me encanta leer todo tipo de libros, depende del momento.

Me gusta la música clásica (especialmente el piano) y la moderna si es melódica. Pero me van mucho los cantautores: Lluís Llach (ese en primer lugar), Aute, Serrat, Sau, Luz Casal, Sergio Dalma… A Lluís Llach le debo una mención especial porque todas mis novelas, publicadas o no, las he escrito con sus canciones como música de fondo, con el volumen bajo, «sintonizando» sin duda alguna los momentos creativos con sus melodías (Gràcies, Lluís).

Viajar es otra de mis aficiones, aunque me he movido poco.



Me preocupa bastante el abuso que hacemos con el planeta y, como me gustan los animales, no puedo soportar las barbaridades que cometemos con ellos por pura distracción, olvidando que son seres vivos que sufren y sienten. 

¿La tauromaquia como “valor inmaterial de la humanidad”? Por ahí no paso. Disfrutar con la tortura y muerte de un ser vivo (que no nos ha hecho nada) solo es propio de mentes enfermas y psicopáticas.

Pero, como decía Einstein: “La estupidez humana no tiene límite”.